Todas las entradas de: Javier Bernad

Licenciado en Administración de Empresas y Derecho por ICADE. Ha sido CEO de MediaCom España, Director General de Mediaedge&cia. Es profesor en la Universidad Europea de Madrid y profesor asociado de Comunicación en el Instituto de Empresa.

#Obama pillado @barackobama

Si te gusta Barak #Obama (@barackobama)  hablando en público, te resultará muy interesante verle hablando en este vídeo:


Es un discurso de cinco minutos de agradecimiento a los voluntarios de su equipo electoral. Si no fuera el presidente de los Estados Unidos, exhausto al día siguiente de las elecciones del pasado noviembre, le pondríamos un suspenso en presentaciones.

Se coloca delante del micrófono comiendo chicle, se mete una mano en el bolsillo, que deja ahí, y agarra el micrófono continuamente. Dice ahmmm sin parar. La inflexión vocal oscila menos que la de un delfín. Empieza diciendo “so, you guys”, como un estudiante de grado presentando en clase. Su corbata está desarreglada, probablemente a propósito para parecer más cercano.

Habla de sus comienzos en Chicago, y les da un empujón de motivación a todos diciéndoles que son mucho mejores que él entonces. Se emociona en el minuto 03.40 y llora. El discurso no está ni medio construido, con trazos inconexos sobre su experiencia y referencias vagas a las supuestas cualidades del equipo que es la audiencia.

En otro contexto, sería un tipo aburrido y apocado. Compárala con esta, cuando también debería de estar muy cansado:

La diferencia está en la preparación. Si te preparas tu presentación, vas a hacerlo mil veces mejor. Y va a parecer que improvisas, cuando en realidad estás construyendo sobre algo preparado a conciencia. Funciona para todos, incluso para Obama.

Los nervios de los políticos

Te habrás dado cuenta de que es muy difícil ver a un político notablemente nervioso hablando en público. Siempre aparentan esa seguridad de saber lo que están haciendo, a pesar de que no tengan ni idea. A alguno le han pillado fuera de micrófono después de hablar en público, confesando que sabía ni lo que había dicho. Por ejemplo, la directora general de la Agencia Tributaria:

o Aznar hace tiempo:

En ocasiones se les nota algo más tensos, por ejemplo a José Blanco en este montaje:

pero en cualquier caso menos que a la media de los ponentes.

¿Cómo lo hacen? Hay dos factores que intervienen para que los políticos hablen en público con la misma tranquilidad con la que tú te comes un bocadillo de tortilla.

El primero es que se lo creen. Están convencidos de su poder, porque el entorno les hace sentirse superiores a los demás. Imagínate en tu despacho del ministerio, con una mesa enorme de caoba, alfombra de cuatro dedos de espesor, retratos de tus predecesores en el cargo, a los que nada tienes que envidiar porque tu retrato colgará junto a los suyos dentro de no mucho, secretaria que se lo sabe todo, una mesa de reunión allí mismo que parece la de la comida de las bodas de oro de tus abuelos, teléfono y tableta de última generación, coche oficial siempre a la puerta, escolta con microauricular, todos los gastos pagados incluyendo ágapes en restaurantes que te dejarían seco en tres días si no fueras ministro, y un montón de empleados dispuestos a darlo todo.

Tienes autoridad para cambiar los nombres de las calles, para decidir a quiénes y cuánto se multa previo sencillo trámite parlamentario, para decidir por dónde pasan los trenes y dónde se construyen hospitales, o para subir, bajar, e inventarte nuevos impuestos.

Y tienes a decenas de periodistas que te siguen, atentos a cualquier cosa que digas en público. Si tú dices en el bar por ejemplo “la situación económica está a punto de cambiar porque ya hemos tocado fondo”, tus amigos te harán poco caso y aprovecharán para dar su visión del asunto. Si lo dices siendo ministro, tu frase será titular de varios periódicos al día siguiente.

Para creerte tu autoridad hablando en público, aunque no tengas un maletín negro único en el mundo, piensa que tú eres la autoridad en cualquier cosa sobre la que vayas a hablar. De otro modo, no estarías ahí haciendo esa presentación. Alguien te ha invitado a hablar porque confía en ti, y eso es todo lo que necesitas saber para sentirte tan importante en ese escenario como un ministro en el Congreso.

El segundo factor que hace que los políticos aparenten esa seguridad es que practican todos, pero todos los días. Hacen declaraciones en la calle, en la radio, en la televisión, en el parlamento, y por teléfono. Las primeras veces que lo hicieron posiblemente también se sintieron muy nerviosos, como la primera vez que se tiraron con una bici cuesta abajo, o desde un avión en paracaídas. Pero después se convierte en una rutina que el cerebro domina y por tanto percibe como poco peligrosa. Si haces pocas presentaciones lo vas a pasar mal cada vez que presentes. Si practicas todos los días, vas a controlar la tensión mucho mejor. Subestimamos el poder de la práctica hablando en público porque rechazamos someternos al martirio que suponen las primeras veces, sin darnos cuenta de que el sufrimiento desaparece precisamente con la repetición del martirio.

Así que la próxima vez que veas a un político hablando en público y te impresione su entereza, piensa que es el resultado de algo que tienes a tu alcance. Y con la ventaja añadida de no tener que ser político para conseguirlo.

Por qué el discurso del rey en Nochebuena es de los más aburridos del año

Foto: Casa Real

Si ordenamos las presentaciones que hemos visto durante el año de más aburrida a más entretenida, probablemente el discurso del Rey en la tele cuando estamos todos poniéndonos hasta arriba de marisco, pavo o/y cordero, tenga el dudoso honor de estar entre los tres primeros.

Hay que concederle una cosa, y es que transmite confianza. Siempre podemos estar seguros de que nos va a hablar de cosas con las que todos estamos de acuerdo. La familia, el gran país que somos, el dinamismo que tenemos, lo que nos une, acabar con los malos, y superar los baches comunes.

Pero no logra superar las posiciones de cola en nuestro orden de presentadores que nos cautivan. Aquí van tres consejos dirigidos a la Casa Real para mejorar en el ranking.

EL MOMENTO

Imagina que vas a presentar en un congreso de expertos en tu profesión. Es el jueves y el viernes, y a ti te toca hablar el viernes a las cuatro de la tarde, justo antes de que todo el mundo se despida y se vaya al aeropuerto. ¿Crees que alguien va a tener muchas ganas de escucharte? Si va tu madre, habrá por lo menos una persona que sí. El resto te prestará bastante poca atención, con lo que tendrás que prepararte realmente bien para entretenerles.

El Rey nos habla en un momento fin de congreso viernes por la tarde, cuando todos estamos pensando y haciendo otras cosas. Además, es un mensaje repetido todos los años a la misma hora, es predecible. Seguro que si hablara hoy por la noche, tendría audiencias record.

La sugerencia es cambiar la hora a justo antes de que la gente empiece a irse de casa para cenar, a eso de las seis – siete de la tarde. Así, incluso se podría comentar el discurso a modo de romper el hielo al llegar a casa de la cuñada.

LA VOZ

Seamos francos, Don Juan Carlos no tiene la voz de Frank Sinatra. Es muy agradable, pero no engancha. La razón es la falta de inflexión. La inflexión de la voz se compone de tres elementos: la velocidad, el volumen, y el tono.

Para ser atractivo como presentador, hay que variar los tres componentes durante el discurso. Es necesario subir y bajar el volumen, acelerar y ralentizar, y cambiar el tono, para enfatizar puntos que queramos destacar. El rey no tiene necesidad de ser atractivo, la verdad, porque no depende de los votos de nadie. Aunque, tal como están las cosas, igual sería interesante que empezara a preocuparse por ser tan bueno hablando como un político que depende de cuatro votos.

CROMOS

Para hacer un discurso interesante, hay que sacar cromos cada seis minutos mínimo. Si no, la audiencia desconecta. Tiene otras mil cosas en que pensar antes que en tu presentación.

Cromos son ejemplos, historias, citas, enseñar objetos, incluso chistes. Imagínate que el Rey nos cuenta alguna anécdota positiva de su operación de cadera este año, para ilustrar que ha sido un año regular pero que hay que tener optimismo porque todo se arregla. Tendría un pico de audiencia inmediato que ni la selección de fútbol. Se puede hacer, siempre manteniendo la necesaria formalidad.

Con estos tres sencillos consejos, es posible que la monarquía vuelva a ganar en popularidad. Si no frente a otras alternativas de estado, por lo menos frente al pavo y al marisco.

#Obama magnético

Incluso si te gusta Obama, probablemente admitirás que esta intervención y el vídeo que la recoge tienen una inmensa dosis de demagogia. El mensaje es que los millonarios, los banqueros, los republicanos, y los empresarios son malísimos, y que sin el Estado no habría clase media, ni trabajo, ni energía, ni educación, ni sueños cumplidos.

Pero el tipo es un monstruo de la oratoria y, en mi opinión es un factor que le ha ganado unos cuantos miles de votos en las elecciones. Él mismo declara que tiene un “gift”, una habilidad especial para mover a las masas. Lo cual puede ser un problema si este don no está soportado por la capacidad necesaria para después hacer que ocurran las cosas que predicas. O la mayoría necesaria en el Congreso.

Si te fijas en su formación política de antes de ser presidente, es bastante corta: cuatro años de senador. Su formación técnica tampoco es muy allá para ser presidente: doce años de abogado. Lo que le distingue es su magnetismo brutal cuando se pone a hablar a la gente. El mensaje también ayuda: no te preocupes que lo vamos a hacer por ti, el Estado es tu familia y yo tu hermano mayor.

¿Por qué es magnético? Fíjate en cómo maneja lo siguiente en esta intervención:

1. Su inflexión vocal, aunque le queda poca voz al final de la campaña: cambia el tono entre graves y agudos, acelera y ralentiza, y sube y baja el volumen. En esto imita fielmente a Bruce Springsteen, partidario y fuerte defensor de los demócratas.
Si te pones esta grabación desde el minuto 01.20 y la dejas correr junto al vídeo de Obama, parece que han ido al mismo colegio:

2. Las pausas: para el discurso cada vez que quiere remarcar lo que acaba de decir. Añaden interés a su mensaje.

3. La repetición de frases clave, igual que Martin Luther King con “I have a dream”. Obama dice “they need a champion”.

4. El manejo del contacto visual. Engancha a toda la audiencia, asegurándose de mirar a todas las áreas de la sala. Mira desde arriba, porque levanta la barbilla como hace cualquier general que quiera aparecer dominante.

5. Los gestos. Destaca sus puntos más importantes con el movimiento de las manos. Se apoya en el atril, cosa que no debería hacer, pero es probable que le quedaran pocas fuerzas, o que le dé igual porque es Obama y quiere tener un estilo más coloquial.

6. Se cree completamente lo que está diciendo, y le sale del corazón. Si estás convencido de cualquier cosa que vendas, esa pasión por tu producto se transmite a través de tus gestos y de tu voz, y te hace irresistible.

Los Estados Unidos están igual de divididos ahora que después de Kennedy, con extremos que tiran fuerte del centro. En este escenario, para ganar votos necesitas tener algo más que dinero e ideas. Necesitas magnetismo y Obama lo tiene. A raudales.

A la Luna (JFK)

 

Foto: US Embassy New Delhi

JF Kennedy era un tipo con un magnetismo disparado, con su peinado permanente de presidente rebelde, si eso es posible, su sonrisa apreciativa, y su mueca de niño malo que te daba confianza instantánea. Esta semana hace 50 años hizo su famoso discurso en Houston en el que garantizó que los americanos pondrían un hombre en la luna en la década de los 60, algo increíble si piensas que el poder computacional de la NASA entonces no llegaba al que tienes ahora en tu Smartphone:

Parte de su atractivo estaba en su facilidad para hablar en público, y en este discurso la aprovecha bien. Lo mejor que hace es usar su voz como un pincel con el que nos dibuja lo que está diciendo. Hace unos cambios de volumen magistrales, remarcando sus puntos clave por ejemplo en 03.40, 04.58, o 16.03. Esto aporta un nivel de entusiasmo contagioso, a pesar del calor que debía de estar pasando, a lo que se refiere al final y que puedes ver en el continuo secado de sudor que se hacen los de su séquito.

 
Sube y baja el tono constantemente, aunque sus frases terminan todas igual y a veces resulta tedioso. Probablemente haga esto porque lee el discurso. Además lee bastante mal, hablando cuando está leyendo. Idealmente, lees una línea en silencio, levantas la vista, y la sueltas. A continuación lees la siguiente en silencio, y vuelves a mirar al público para contársela. Así el hecho de leer pasa desapercibido. Igual no se lo había repasado bien porque Marilyn le había robado tiempo la noche anterior, y entre la luna y ella se decidió por ella. De todos modos, es un discurso de 18 minutos, difícil de memorizar. Pero cuando alguien te lee en público, desconectas. Fíjate en la diferencia al final, cuando deja de leer para decir que está decidido a conseguir lo que les ha planteado (16.19). Su magnetismo se multiplica por siete y queremos seguir escuchándole.
Otras cosas que podía haber hecho diferentes:

 
1. Agarra el atril constantemente. JFK no necesitaba parapetos, pero esta es la sensación que puedes dar cuando te agarras al atril en vez de usarlo como un soporte para tus notas. Y cuando lo agarras, tiendes a inclinarte sobre él (08.55), reduciendo la fuerza de tu voz. Además de protegerte, eliminas la capacidad de expresión de tus manos.

 
2. Mira a su izquierda bastante más que a su derecha. Los de la derecha igual no estaban muy contentos. A lo mejor eran republicanos.

 
3. Utiliza un gesto que luego copió Bill Clinton, el JFK de los 90. Junta los dedos índice, medio, y pulgar, como si estuviera metiendo una tarjeta de crédito en un cajero. Míralo por ejemplo en 01.56, 03.50, 04.40, o 11.56. A los americanos les encanta este gesto, aunque yo creo que simplemente reduce su capacidad de expresión con las manos. Puede que fuera una manera de transmitir fuerza, indicando que puede apretar lo que se proponga.

 
4. Pierde una gran oportunidad de encandilar a la audiencia desde el minuto 15.00, cuando empieza a dar un montón de cifras describiendo el cohete y otros aspectos del proyecto. Si te las aprendes, el público se queda maravillado porque parece que sabes mucho más de lo que en realidad sabes. Es más difícil recordar cifras que palabras, pero es muy sencillo recordar dos minutos de números e impactar a tu audiencia.
Aprovecha el discurso para remarcar el mensaje por el que siempre se le recuerda: los americanos podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos si trabajamos juntos. “Elegimos ir a la luna porque es difícil” (08.43), en línea con “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti…”.

 

Estés de acuerdo o no con su política, se echa de menos a líderes como este, capaces de convencer hablando.

El clip de Mariano

En la comparecencia de hoy 10 de junio, sobre la la ayuda europea que recibirá España para sanear su sector financiero, Mariano Rajoy transmite un mensaje de tres puntos claro y bien estructurado. Otra cosa es la importancia que le da a cada punto.

En su presentación, Rajoy destaca tres cosas, en orden de importancia según el número de veces que las repite.
1. Sigo con el plan que dije que iba a seguir, por si alguien se está sorprendiendo: buscar el equilibrio presupuestario saneando las administraciones públicas; hacer reformas estructurales como la laboral; y restructurar el sistema financiero. Lo repite en tres ocasiones (01.10, 03.30, 15.38).
2. El euro ha sido reforzado con esta intervención, “ha ganado el euro” (04.04, 07.55). Misiva clarísima para los mercados, con la que además termina.

3. Los españoles están demostrando madurez ante las medidas (06.30). Coletazo casi al final dirigido a subir la moral.

 

Tal vez habría sido mejor reforzar el punto que menos reforzó. Lo que se echa de menos en este discurso es la insuflación de ánimo a la audiencia, de ganas de vencer al dragón. Es en estas presentaciones, en las que el país está pendiente de ti casi tanto como del fútbol, cuando tienes la ocasión de oro de galvanizarlo. Eso hicieron, para bien y para mal, Churchill, Hitler, Roosevelt, Franco, Kennedy, Truman, Jack Welch, y tantos otros. Y no se dispone de muchas como esta. Yo le habría dado la vuelta al discurso, empezando por hablar de cómo el país está sufriendo sin rendirse, y cómo el futuro va a traer lo mejor si lo sigue intentando. Posiblemente el problema esté en que se busca la defensa a corto plazo de la política que se está poniendo en marcha, con la mirada puesta en las elecciones siguientes, más que en el largo plazo. Además, no les habría dicho que “el gobierno les agradece” nada (07.05, 07.28), desde una posición de magnanimidad que solo le distancia del público. El gobierno está pagado por la audiencia, así que no hay nada que agradecer, simplemente intentar hacerlo bien y rendir cuentas.

 
Aparte del mensaje bien estructurado, demuestra un buen dominio del contacto visual, mirando a las diferentes zonas de la audiencia de periodistas. Era una rueda de prensa, pero también podía haber usado la cámara para mirar a la audiencia del país, sobre todo cuando habla de la madurez que dice que muestra. Aparece sereno y dominando la situación.

 
Podría haber evitado hacer varias cosas relacionadas con su estilo al hablar en público:
1. Utiliza “eeeh” como muletilla con frecuencia. Da la sensación de que teme quedarse callado esos instantes, y por tanto transmite inseguridad.
2. Junta las manos con frecuencia, a modo de protección del torso. Más inseguridad aparente.
3. Machaca el esqueleto de un clip cuando junta las manos. Mientras gesticula con una, la otra sujeta el clip abajo. Cuando se juntan, juegan con el clip, o con el bolígrafo. Esto es de primero de Presentaciones. No es bueno jugar con ningún objeto mientras presentas, porque la audiencia va a percibir que estás descargando tensión, y si estás descargando tensión igual es porque estás contándoles algo de lo que no estás muy seguro, o incluso una trola. Cuando el periodista más retorcido le pregunta por qué se va a Polonia a ver el partido de fútbol (19.38), se da cuenta de que tiene que aparecer sincero y auténtico porque aquí le pueden pillar, así que deja el boli y el clip. Sabe que así transmite más sinceridad, pero no lo tiene en cuenta durante el resto de su intervención.
4. Cuando le hacen preguntas, muestra una actitud de confrontación. Para ceder la palabra al periodista al preguntar, le dice “a ver, siguiente”, o “adelante”. Sería mucho más educado decir “por favor”, o “aquí tenemos otra pregunta”. Además, no mira al que pregunta, sino que fija la mirada en sus notas o en otras partes de la sala, durante la mayor parte del tiempo de la pregunta. Y cuando responde, mira continuamente al que ha hecho la pregunta, despreciando al resto.

 
La clave está en el clip. Cuando eres consciente de la importancia de una presentación para tu audiencia, dejas de concentrarte en ti para dedicarte al público. Y te olvidas de descargar tensión en un clip, para añadírsela al mensaje.

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Cómo no mirar tus notas en 17 minutos (@Sorayapp)

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Clinton nervioso

Cuando estás a punto de salir al escenario, te parece que vas a estallar. Tu corazón va a bastante más de lo normal, te sudan las manos, no puedes pensar en otra cosa que no sea tu presentación, se te ha secado la boca, y si coges un vaso de agua parecerá que tiene pilas porque tiembla solo. Además de estar seguro de tu contenido y de tu estilo, tienes que estar seguro de otra cosa: de que todo lo demás funciona.

Todo lo demás es lo relativo a la logística: la iluminación, el sonido, el proyector, el ordenador, el pen drive, los vídeos que entran bien, los links, el alargador para el equipo, los camareros, la botella de agua, la pausa del café, la disposición de las sillas, el micrófono, la disposición de tus notas en el atril, el nudo de la corbata, el brillo de tus zapatos, el colorete de tus mejillas, y si has ido al baño antes de empezar.

Si algo no funciona, y te das cuenta cinco minutos antes de hablar, vas a tener un exceso de tensión. Ya no vas a estar nervioso al nivel que necesitas para transmitir entusiasmo, vas a estar híper nervioso. Y eso ya no es bueno.

Siempre es mejor asegurarte tú mismo de que todo esto está en orden. Si lo hace otro, sobre todo lo de ir al baño por ti, igual tienes un problema. Nada como tu revisión personal punto por punto, igual que hace un piloto antes de despegar. Más de una vez he llegado a un hotel en el que todo estaba a punto según el organizador, para darme cuenta de que la conexión al proyector no funciona con mi portátil, por alguna razón que tiene que ver con los duendes verdes de las presentaciones. Así que siempre hay que llegar al menos una hora antes, para que te dé tiempo a revisar cada punto, y para estar tranquilo.

Podrías pensar que esto no le pasa a los dioses de las presentaciones, que no son los que presentan muy bien necesariamente, sino los que hacen presentaciones de postín. Por ejemplo, el presidente de Estados Unidos. Por supuesto que él no se preocupa de nada en lo referente a la logística, pensarás. Imagínate que, además de preparar el discurso, con el que hace que las bolsas suban, que ahorres más, o que los gobiernos inviertan más en defensa, tuviera que ocuparse del sonido o de lo que aparece en la cámara. Igual que se hace una revisión médica completa en dos
horas, incluyendo los resultados de la ecografía y del análisis de sangre, sin tener que volver a pedir cita ni a recoger los análisis, le deben de preparar la logística de las presentaciones a conciencia para que simplemente tenga que ocuparse de hacerlo bien.

Pues no. Fíjate en este vídeo interesantísimo sobre los cuatro minutos anteriores a una intervención televisada:

http://www.youtube.com/watch?v=W_6b6fY_yDk&feature=related.

Le dicen que no encuentran el teleprompter, también llamado autocue, la maquilladora no deja de darle la lata, pide una prueba de sonido, tiene que confirmar cuándo van a empezar a rodar, y está en general bastante nervioso porque parece que no se puede fiar de su equipo (“is this water out of the picture?”). Seguramente despediría a unos cuantos después de esta sesión. También es interesante verlo para darte cuenta de que todo el mundo se pone nervioso antes de presentar. Mira cómo se relaja en los 30 segundos anteriores, tomando aire por la boca como un pez.

Si vas a hacer una presentación gorda, tienes dos opciones: o lo supervisas todo, con mucha antelación para no estar tenso, o te buscas al secretario con el que se quedó Clinton después de esta.

Cómo no mirar tus notas en 17 minutos

Soraya Sáenz de Santamaría está teniendo un lanzamiento muy respetable en el gobierno desde el punto de vista de la autoridad que transmite. Su coeficiente de poder no es muy elevado si te la encuentras por la calle y no sabes quién es. El coeficiente de poder viene determinado por la fórmula: (Altura x Anchura de Hombros) + (Timbre de Voz  x Género) + (Sonrisa x Mirada), multiplicado por 1.3 si eres hombre. Puedes aumentarlo mediante la ropa, los colores, y los accesorios que lleves puestos. De cero a diez, su coeficiente de poder a simple vista debe de estar alrededor de 5.5. Cuando se pone delante de un micrófono, sube hasta 9.5.
En la intervención del viernes pasado tras el consejo de ministros,

http://smultimedia.la-moncloa.es/presidencia/20042012-Intervencion_Vicepresidenta.wmv

Soraya Sáenz de Santamaría habla durante 19 minutos, durante los que no mira sus notas desde que acaba la introducción en el primer minuto, hasta los dos últimos. No está hablando del tiempo, ni de abstracciones que le habrían permitido divagar durante días, estilo Fidel Castro, sino de temas muy concretos que se habían discutido en las cinco horas anteriores. Probablemente no tuvo tiempo de preparar nada, simplemente usó sus notas tomadas durante el consejo de ministros. Es muy llamativo ver cómo se desenvuelve con absoluta seguridad al tratar estos puntos tan conflictivos. Solo baja la mirada al papel en el minuto 17.30, cuando habla del asunto Repsol en Argentina.

 

No hay nada malo en usar tus notas en una presentación. A todo el mundo le parece algo normal, siempre que no estés leyendo. Pero hablar sin recurrir a ellas, sobre todo si no has tenido más que unos minutos para preparar, requiere estar muy seguro de ti mismo y de lo que estás diciendo. Tienes que estar convencido de que eres una autoridad en lo que sea que les estés contando, y de que tus palabras contienen la solución ideal al problema. Si dudas, no vas a poder ocultar tu inseguridad. Igual cuando habla de Repsol mira sus notas porque no le daba para más la memoria, porque fue lo último que se trató en el consejo de ministros. O igual es que no está muy segura de que lo que ha hecho el gobierno haya sido lo mejor. En cualquier caso, si comparas con el resto de su intervención, aparece menos segura.
La vicepresidenta hace otra cosa muy bien, y es machacar su mensaje varias veces, quizá demasiadas. En esta avalancha de reducciones presupuestarias que ya lleva unos meses, ¿qué votantes puede perder el PP en las próximas elecciones? Los que están en el centro y consultan más el fondo de su bolsillo que el manual de Keynes o de Hayek. Así que se asegura de mencionar  las palabras mágicas “estado del bienestar”, ese mantra que tranquiliza a los que ven en la derecha al empresario gordo de tirantes, ligas en los calcetines, y habano en la boca. Fíjate cómo lo hace, seis veces en dos minutos al principio de su intervención. No quiere dejar que sus oponentes usen la fórmula mágica, y se la apropia.
Cuando prepares tu próxima presentación, dale unas vueltas a tu nivel de convencimiento sobre el contenido de lo que les vas a decir. Puede que cambie cómo te ves a ti mismo.

LA APERTURA, DE MEMORIA

Si no te sabes el comienzo de tu intervención al hablar en público, igual tienes un problema. Te subes al escenario, estás relajado porque vas a hablar de la predominancia de la cultura cretense en el desarrollo del Mediterráneo temprano, un tema que conoces bien. Has hablado con algún miembro de la audiencia antes de empezar, así que ya no son todos extraños que te quieren comer. Te has preparado unas cuantas diapos de PowerPoint, y llevas tu colección de jarrones minoicos.

Como el tema te es familiar, no te has preocupado en pensar cómo empezar, simplemente asumes que arrancas con “buenos días, encantado de estar aquí…”, o con alguna obviedad o formalismo similar, y adelante. Pero de repente, la persona que te ha invitado a hablar termina de presentarte. No se oye nada más que el galope de tus neuronas desbocadas. Las 200 personas en la audiencia te están todas mirando, y además tienen caras serias. Tras decir buenos días, empiezas a sudar, se te seca la boca, te tiemblan las piernas, se te ladea la sonrisa, tus manos parecen témpanos, el corazón se te sale por las orejas, y la respiración se acelera y no puedes llenar los pulmones. Las siguientes palabras después de tu saludo te salen cascadas, como las de un anciano sin fuerzas. Tienes un caso claro de miedo escénico. Lo bueno es que también les pasaba a los cretenses hace 2000 años.

Lo mejor para evitarlo, por encima de otros cuantos trucos, es saberte el comienzo de tu presentación de memoria. De memoria es de memoria, no más o menos. Es decir palabra por palabra lo que te has escrito y ensayado un montón de veces hasta que te sale como las tablas de multiplicar. Te lo sabes tan bien que puedes estar pensando en otra cosa mientras lo estás soltando a tu audiencia.

Esto que es tan sencillo de hacer te da una seguridad insuperable. Es igual que si estuvieras contando esa historia sobre tu infancia que has repetido cien veces. Y es lo que no hizo el procurador general de Obama, Donald Verrilli, hace unos días cuando compareció ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos para defender la reforma del sistema sanitario, la ley llamada Obamacare, de los recursos presentados por los ciudadanos y por los Republicanos. Aquí tienes el comienzo de su intervención, en el que carraspea nervioso después de perder el hilo y la seguridad:

 

El comienzo de tu presentación puede durar unos tres minutos. En ese tiempo les deberías contar algo que agarre su atención, por qué te deberían escuchar, y el tema del que les vas a hablar. Tres minutos de presentación se memorizan fácilmente. Y merece la pena. De otro modo, las circunstancias se te pueden echar encima, como a Verrilli, que probablemente ahora esté lamentándose de haber creído que estaba chupado por su experiencia anterior con el Supremo, su estatus político, y su convencimiento en que lo que defiende es bueno para todos.

“Hace 2000 años, este jarrón costaba media docena de huevos. Hoy cuesta media docena de miles de euros. Y no solo porque es una antigüedad, sino porque representa una parte de lo que todos ustedes llevan dentro, la cultura mediterránea. Hoy vamos a hablar de una civilización que puso en marcha el mundo occidental tal como lo conocemos, y cuando salgamos de esta charla nos vamos a conocer mejor a nosotros mismos, y habremos extendido nuestra familia hasta el otro extremo del mar.” O algo así. Cuando pienses que no merece la pena prepararte la apertura de memoria, ponte la grabación del procurador general. Si le pasa a él, seguro que te puede pasar a ti.

Leyendo como en el cole

Cristina Díaz Márquez es la nueva directora general de política interior. El pasado 29 de marzo le tocó aparecer antes los medios varias veces para hablar del desarrollo de la huelga general. Sus intervenciones han recibido las peores descalificaciones en internet.

 

 

La verdad es que tiene pinta de ser directora general hasta que empieza su intervención. Su apariencia es inmejorable, con un traje que parece caro y que le queda bien, y con colores poderosos para una mujer. Alguno la ha tachado de demasiado elegante, con expresiones más duras, pero probablemente ese rechazo tiene su raíz en la envidia. El pelo a veces le cae sobre la cara, lo que hace que la audiencia se despiste.

Lo importante de sus intervenciones no es la apariencia, sino la manera en la que utiliza sus guiones. Lo realmente malo es que lee, y que lee muy mal. Lee hasta el saludo inicial.

Se nota mucho que no se lo ha preparado. Es fácil de detectar porque mira sus notas sin parar. Probablemente no tuviera mucho tiempo, porque sus apariciones se fueron sucediendo desde las seis de la mañana y recogían lo que iba ocurriendo en la jornada. Pero incluso así, con media hora de concentración te puedes preparar una presentación de cinco minutos. Si no tienes ni media hora, el truco en estos casos es memorizar una frase al mirar tus notas, y levantar la vista parar mirar al público. Solo entonces es cuando debes soltar la frase. Vuelves al papel, memorizas otra frase en un tris, levantas la vista, y la vuelves a soltar. Puedes hacer maravillas con esta técnica, porque parecerá que te lo has preparado pero que aún así te gusta tener tus notas. Si lees mientras tu vista está en el papel, el efecto es que la audiencia se da cuenta en seguida de que no te lo sabes, y pierdes autoridad. La directora general de política interior no se puede permitir perder autoridad.

Además de leer mirando el papel, utiliza unas variaciones tonales que trasladan a la audiencia directamente a un aula de enseñanza primaria. Recuerda a la profesora explicando la lección sobre la reproducción de los mamíferos: distante para no mojarse demasiado, y autoritaria para que no se le desmadre la clase. Adopta ese tono fácilmente predecible, con altos y bajos artificiales que se usan con independencia del contenido. Vale para hablar del desarrollo de la huelga, y para describir el funcionamiento de una batidora.

Sus gestos tampoco ayudan. Agarra el atril y no se mueve. La frente mantiene el gesto que hacemos cuando mostramos desdén por la opinión del otro, arqueando las cejas con el semblante serio. Esto hace que tu interlocutor se vaya molestando más y más mientras piensa que por qué no le caes bien.

Esperemos que no haya otra huelga general en mucho tiempo. Pero si la hay, seguro que la directora general de política interior habrá tenido tiempo de afinar sus habilidades de hablar en público.